La ilusión del confort: una ficción civilizatoria


El confort es, en apariencia, uno de los grandes logros de la modernidad puesto que constituye, en su acepción más inmediata, un signo de bienestar material. Disponer de calefacción en invierno o poder ir a la playa en verano, tener acceso inmediato a servicios básicos como agua potable y fresca, un transporte rápido, seguro y regular, atendimiento médico y demás servicios son condiciones que facilitan la vida y que nadie, en su sano juicio, rechazaría en nombre de una supuesta apología del sufrimiento.
La incomodidad, la precariedad y la penuria no ennoblecen a nadie siendo la comodidad algo elemental; un bien legítimo cuya ausencia no configura un mérito. Sin embargo, la forma en que la modernidad tardía convirtió ese bien en ideal civilizatorio fue un gesto decisivo para la organización social y actual configuración de esta. Desde la Revolución Industrial hasta el presente momento, el progreso se ha identificado con la acumulación de facilidades físicas y materiales.
En el imaginario colectivo, vivir bien se equipara a reducir esfuerzos para ganar inmediatez y disponer de todo lo que antes requería otro tipo de desgaste físico o temporal. El confort entonces se ha naturalizado como horizonte de dignidad: una vida civilizada y prospera es aquella que maximiza la comodidad y reduce cualquier fricción vital. Este proceso tiene consecuencias culturales profundas que se hacen notar principalmente en el hecho de que el bienestar solo es contabilizado desde una de sus facetas. Ya no se mide en términos de presencia y suficiencia, sino en términos de escalada: más ventajas, más facilidades, más espacio, más rapidez, más inmediatez, más prestaciones.
Lo que en principio era un medio para liberar tiempo y energía deviene en un criterio absoluto de progreso personal y social donde el confort deja de ser un beneficio y un privilegio, convirtiéndose en vara de medir estatus y pertenencia. Siendo así, es mas que necesario separar dos planos y distinguir entre confort real e ilusión de confort. El primero corresponde a las mejoras proporcionales que responden a confort de primer orden como calefacción estable, sanidad accesible, movilidad segura, atención médica entre otros. El segundo, en cambio, responde a consumos superfluos que funcionan más como marcadores de estatus que como fuentes de bienestar donde el lujo que se confunde con comodidad. Esta ilusión de confort reorienta la vida no hacia la libertad, sino hacia la preservación de una apariencia social.
Por poner un ejemplo simplista y llano, pero altamente funcional: sería hipócrita no asumir que trasladarse de un punto A a un punto B en un vehículo propio e individual bien aclimatado es una experiencia preferible frente compartir transporte público en hora punta. Sin embargo, la tarea puede ser cumplida con creces por un Toyota Yaris Híbrido no requiriéndose un BMW y aún menos un Rolls-Royce Droptail.
Así pues, la modernidad no se limitó a mejorar las condiciones de vida: generó la ficción de que el confort es una conquista limpia, cuando en realidad suele venir acompañado de un paquete de conductas alienantes e ilusorias donde para accederlo y sostenerlo, el individuo se ve forzado a adoptar rutinas, sacrificios y dependencias que no guardan relación proporcional con el objetivo buscado. Lo que debería ser un medio se convierte en fin absorbente. Aquí reside la raíz de la ficción civilizatoria: la idea de que el confort es una prueba de progreso, cuando en realidad es reorganización de la existencia en torno a su propia conservación.
Esta trampa invisible del confort esconde su naturaleza comercial bajo la ilusión de conquista. Con todo, al confort no se llega, se paga. En la mayoría de las ocasiones el precio excede con creces lo que devuelve, puesto que su pagamiento no se resume a un cambio exclusivamente monetario. De este modo, lo que se presenta como liberación de cargas deviene en fuente de servidumbre. No se trata de sacrificios lógicos y proporcionados, como estudiar para adquirir conocimiento o entrenar para fortalecer el cuerpo, sino de alienaciones desproporcionadas que se justifican únicamente en nombre del mantenimiento de un estándar de supuesto bienestar construido ficcionalmente.
La falta de consciencia narrativa acerca del confort no es la única alienación que habita el sujeto. Una de las falacias más persistentes consiste en afirmar que el confort produce mediocridad. Según este relato, la comodidad adormece la voluntad, neutraliza la creatividad y genera apatía. Aquí se confunde instinto de supervivencia con capacidad y disposición.
La romantización del sufrimiento como motor de grandeza constituye un mito cultural profundamente arraigado. Nietzsche ya criticó la estetización de la penuria como superstición. Freud, en El malestar en la cultura, mostró cómo la represión no produce virtud, sino malestar. Richard Sennett, en La corrosión del carácter, analizó cómo la precariedad laboral no ennoblece, sino que destruye los proyectos vitales.
Autores contemporáneos confirman esta refutación. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, ha descrito cómo la modernidad no es ya sociedad de disciplina, sino de rendimiento: individuos que se autoexplotan, agotados por la exigencia constante de producir más y sostener un estándar. Franco “Bifo” Berardi ha mostrado cómo el trabajo cognitivo y la precariedad no generan creatividad, sino ansiedad y depresión, drenando la energía vital en la gestión de la angustia antes que en la imaginación.
Siendo así queda patente que el sufrimiento no es una fuerza creadora, solo obliga a sobrevivir. La comodidad real, por el contrario, puede liberar el espacio necesario para la creación siempre y cuando la energía vital no sea usada única y exclusivamente para el mantenimiento del confort mismo. En otras palabras, lo que erosiona la vitalidad no es el confort, sino su conversión en ficción civilizatoria: la vida reducida a la administración de un estándar que devora toda la potencia disponible.
Es necesario hacer hincapié en que hay que distinguir el confort de la ficción sobre el confort. El primero es condición de posibilidad mientras que segundo no opera únicamente en la esfera individual, sino que constituye, sobre todo, un mecanismo de control social. Su eficacia se basa en que no se impone como obligación externa, sino que se interioriza como aspiración legítima. Nadie cuestiona el valor de la comodidad. Sin embargo, la eficacia de lo ficcional estriba en que no se impone: se desea. El miedo a perderlo disciplina más que cualquier coerción.
En el nivel macro, la ficción de confort se sostiene en tres pilares: la deuda que ata a los individuos al trabajo, las plataformas que convierten cada acto cotidiano en dependencia tecnológica, y las infraestructuras cuya fragilidad convierte cualquier interrupción en catástrofe vital. En el nivel micro, se despliega en formas más sutiles: likes, notificaciones, recompensas digitales que actúan como microdosis de confort emocional.
Cada una de estas gratificaciones genera dependencia y, en conjunto, producen docilidad y allanamiento emocional. Ya en el siglo XVI, Étienne de La Boétie advertía en su Discurso de la servidumbre voluntaria que la costumbre y la comodidad bastan para someter a los pueblos sin necesidad de violencia.
El confort se convierte así en dispositivo de captura: estabiliza el orden social al transformar la servidumbre en condición normal del bienestar. No se experimenta como imposición y sí como evidencia natural de lo que supuestamente significa vivir bien. Esa naturalización constituye la esencia de la ficción civilizatoria: hacer pasar la dependencia por libertad.
En definitiva, el confort, en su dimensión real y estructural, constituye un bien indiscutible. Con todo, su transformación en ficción civilizatoria bajo la apariencia de conquista esconde un sistema de servidumbres alienantes, desproporcionadas y desvinculadas del fin mismo del confort. Elementos como jornadas extenuantes, endeudamiento estructural, vínculos de conveniencia, dependencia tecnológica terminan por configurar la realidad del cuento.
La verdadera trampa se desvela en una vida reducida a la tarea interminable de sostener un estándar de comodidad donde aquello que debería ser un medio para liberar y potencializar la vida se convierte en un motor absorbente que devora energía y tiempo para su propio mantenimiento.
La paradoja de la modernidad tardía se delata aquí con nitidez: aquello que se nos presenta como liberación constituye, en realidad, un dispositivo de captura. El confort, convertido en fin en sí mismo, reorganiza la vida entera en torno a su preservación a través de un mecanismo ficcional tan eficaz que no es percibido como imposición, sino como condición natural del progreso. En esa naturalización reside su fuerza política: transformar la servidumbre en hábito, la dependencia en identidad y la alienación en signo de civilización.