JuJutsu Kaisen como narrativa contemporánea de la ética de la responsabilidad

Jujutsu Kaisen no es un shōnen de acción al uso. Presenta una estructura filosófica densa, que quizás, puede no ser captada en un primer visionado. Sin embargo, es una obra que cuando observada profundamente se revela como un tratado actual de la ética de la responsabilidad.

Desde el inicio, la narración en su contexto ontológico nos presenta un universo que no está regido por una moral trascendente, ni tampoco por los Dioses, sino por maldiciones reales. Tales maldiciones son emanaciones de las emociones humanas como por ejemplo el odio, el miedo y el resentimiento. En consecuencia, JJK se desarrolla en un trasfondo donde lo que suele denominarse histórica y socialmente como “mal” no es algo externo que se pueda combatir o eliminar y si la forma residual de la propia presencia y existencia humana. Dicho de otro modo, las maldiciones no son anomalías del mundo sino materia constituyente del mundo.

De ahí que la serie, más que un anime donde el protagonista gana poderes y/o se cultiva para el combate, como por ejemplo Demon Slayer y Solo Leveling, es una parábola sobre la gestión técnica de la imposibilidad. Es decir, estamos frente a un universo donde la estructura “moral” se presenta rota y la actuación de los personajes no implica una resolución del “mal” en sí mismo. Cada personaje representa un modo distinto de habitar eso que les es inherente e inevitable – configuración que en este texto he denominado dilema de lo imposible.

Siendo así, la realidad en Jujutsu Kaisen no tiene fundamento metafísico y la ética no se sostiene en una idea del “bien” sino en la coherencia y la responsabilidad que cargan los actos de los personajes. Aquí los hechiceros no son paladinos que purifican o exterminan el mal, sino que “solo” lo administran.

En nuestro contexto actual, la honestidad intelectual es, aparentemente, la única base epistemológica sólida posible y la responsabilidad de actuar coherentemente sin garantías se presenta entonces como la única postura valida viable. Por esta razón Jujutsu Kaisen dialoga directamente con el presente del sujeto contemporáneo y es una alegoría filosófica de nuestra época ya que el pensamiento posmoderno se ha quedado sin fundamentos, aunque igualmente tenemos que responder y posicionarnos más allá de la fe en una verdad casi absoluta o la confianza en el lenguaje.

De igual manera, en JJK no hay destino, ni dioses, ni sentido, solo humanos enfrentados al residuo de su propia existencia. Los hechiceros no luchan por salvar el mundo, sino por mantenerlo habitable, aunque esté roto. Sus personajes son, en definitiva, burócratas lucidos cuya tragedia no se presentifica en el sentido narrativo del conflicto, a través de la construcción de un clímax y la catarsis, sino en el sentido ontológico de la confrontación del ser con un orden que, más que excederle, lo constituye.

Asimismo, cabe volver a resaltar que este orden no es divino o exógeno, sino humano y endógeno. Por eso, la característica ontológica de inexorabilidad del mal no es el gran villano del mundo de Jujutsu Kaisen sino las estructuras de poder que lo gestionan y los seres que lo instrumentalizan. Además, a diferencia del relato aristotélico clásico, donde el héroe trágico caía por desafiar su destino, aquí se cae por intentar sostenerlo.

Los personajes descubren que el “mal” es sistémico y su Hamartía se configura al intentar controlarlo, dominarlo o superarlo. El “castigo” aparece entonces por habitar esa coherencia ética estructural donde incluso una supuesta virtud se convierte en propia ruina. Es decir, la tragedia aquí no está presentada únicamente en su forma final, sino que reside en el gesto mismo de mantenerse coherentemente en una línea en un mundo cuyo contexto real carece de líneas. En este escenario, al final y al cabo, todo está maldito ya que las maldiciones se presentan como estructura y son, aparentemente, la única ley del mundo y su condición de posibilidad.

Satoru Gojo como la figura del pensador instrumental

A nivel narrativo Satoru Gojo es presentado como el primer individuo en cuatrocientos años en nacer con los Seis Ojos y el Límite Infinito simultáneamente. Ambas habilidades le permiten ver la estructura física del espacio y, a su vez, cada partícula de energía maldita que ahí habita.

Esa capacidad le da un poder de dominio de la realidad que los demás no alcanzan, lo que le ha empujado a vivir en una especie de orfandad epistémica ya que, en términos físicos y cognitivos, él ve literalmente un mundo distinto.

Tal configuración especial constituye una fuerza casi absoluta en el universo de Jujutsu Kaisen, ya que Gojo posee un sistema de percepción plena y puede manipular el espacio a nivel atómico de forma infinita. Es decir, es un ser que puede controlar las leyes físicas fundamentales de la realidad con precisión matemática.

Además, puede atrapar casi a quien quiera en una barrera, conocida a nivel de relato como expansión de dominio, cuya naturaleza cognitiva conceptual termina por colapsar la mente del oponente con una cantidad de información inagotable. Satoru es entonces, en términos de filosofía del lenguaje, lo que yo vengo a denominar un semiólogo posestructuralista instrumental.

En otras palabras, Gojo en el mundo de JJK encarna una figura que utiliza el lenguaje como principio mismo de la realidad donde lo que su capacidad lingüística no procesa es literalmente porque no existe, ya que su mirada abarca el contenido total del universo de posibilidades, es decir, al propio infinito.

Su poder es una alegoría del lenguaje como mediación de la realidad: todo lo que existe puede verse, nombrarse, clasificarse y controlarse mediante técnica. No hay “afuera del lenguaje” porque el lenguaje es el tejido mismo del mundo y Gojo es su expresión máxima, el discurso hecho cuerpo.

A lo largo del desarrollo de su arco dramático, Satoru atraviesa un despertar de consciencia cínica. A raíz de la muerte de Riko comprende que en su contexto no existe la justicia sino el poder. Se vuelve conocedor de la corrupción del sistema controlado por los Ancianos y de la podredumbre en la burocracia hechicera como un todo. También entiende que el aparente equilibrio que experimentan está siendo generado por su propia presencia puesto que, debido a la grandiosidad de su poder en este universo, él es un eje técnico operativo de coherencia ontológica de dicho sistema.

Siendo así, su figura encarna el principio del límite. Principio este que él mismo desconoce puesto que a Gojo no le acompaña su lucidez sino su ceguera. Es un personaje que puede verlo todo, pero no mirar. La ignorancia frente a este hecho es lo que constituirá su caída. Él conoce a Sukuna como signo y cree que esa mediación le da acceso a su ser. Sin embargo, la ontología de Sukuna pertenece a la realidad misma y no al lenguaje. La derrota de Gojo es la constatación esa brecha: la distancia entre el saber discursivo y la existencia material.

Esta idea puede verse anteriormente en otros dos momentos claves. El primero es la postura de Gojo frente a la organización del mundo de los hechiceros. No la quiere desmantelar, sino que buscar reformarla a través de un relevo generacional. Su propuesta es pedagógica debido a que pretende formar alumnos que no repitan la rigidez, el miedo y la obediencia ciega en dicho sistema de hechicería, pero lo hace a través del mismo sistema que pretende renovar. Siendo así su propuesta es discursiva y no estructural.

Gojo cree que es capaz de hacerlo porque ha crecido en un mundo que le ha dicho que su poder le da posibilidad de hacer cualquier cosa. Sin embargo, él no sabe que su certeza y su supuesta lucidez son, en verdad, un acto de fe y eso le vuelve ciego a la realidad. A Gojo no le falta poder simbólico, le falta mirada real.

El segundo momento es su clausura en el Arco de Shibuya. Gojo desciende al túnel no solo por su sentido de responsabilidad sino por su certeza, que en verdad es un conjunto de creencias. Como ya anteriormente mencionado, le traiciona su mirada y no su visión. Esa idea aparece literalmente representa en el momento clave en que él se enfrenta supuestamente a “Geto”.

Gojo no es capaz de asimilar lo que tiene delante de sus propios ojos y en esa fracción de segundos es encerrado. El artefacto Prison Realm no ataca su capacidad lingüística sino su estatuto de la realidad. Dicho de otra forma, no era una pelea física de su cuerpo ni su técnica, sino su forma de existir. El hombre que todo lo ve termina atrapado por un objeto que lo mira a él.

Satoru Gojo es entonces el último héroe posestructuralista; una metáfora contemporánea del agotamiento del discurso posmoderno tan fuertemente defendido a partir de los años 80. Él descubre la existencia del “afuera del texto”, una realidad material y soberana que el lenguaje no puede absorber ni controlar. Su final es trágico no por su derrota sino por la pérdida del propósito epistemológico. La figura que ha querido cambiar el sistema utilizando el mismo sistema que lo ha producido encuentra que lo único posible es borrar la autoreferencialidad.

La muerte de Gojo representa el fin del relativismo posestructuralista y es la constatación ontológica de que el discurso interpretativo posmoderno no puede absorber la soberanía del hecho. Sukuna encarna la existencia que no necesita mediación; la realidad misma que se impone más allá de la interpretación. En última instancia, Gojo muere porque confunde comprensión con existencia y es en este momento cuando puede ver algo por primera vez: su muerte es el punto que le que conecta con el dilema de lo imposible.

Nanami Kento como la figura de la lucidez justa

Nanami no es un personaje que se enfrente al dilema de lo imposible y no lo hace por superioridad, sino que para él no hay dilema, hay aceptación y reconocimiento. Él sabe que la ontología del mundo recae en el sinsentido, pero asume esta realidad con dignidad y coherencia. Lo suyo no es moralidad, sabiduría o desinterés es ética de la responsabilidad en su máxima expresión y esplendor.

Es una figura cristalina, sin dobleces, que no niega el sistema ni lo quiere destruir, simplemente lo atraviesa con consciencia. No encarna la resignación sino una sensatez práctica que puede verse literalmente en su técnica. Cada movimiento que realiza en combate traduce una mente que pondera y que no se deja arrastrar por el señuelo del sentido. La acción de Nanami no nace del discurso sino de la coherencia al hacer. Él es quien se hace cargo, más allá de un conjunto de creencias o del comportamiento externo del mundo.

Estructuralmente su coherencia es justa como medida y exacta como métrica. Tal característica se deja notar claramente en la configuración de la narrativa ya que su muerte se localiza entre la de Geto y Gojo, se presenta a la mitad del Arco de Shibuya, se formaliza en la imagen de la mitad de su cuerpo quemado y se presentifica en la coexistencia diametral entre el dolor físico y la “paz de espirito” que experimenta en sus momentos finales.

Por esta razón, el caos narrativo total deviene de su muerte y no a raíz del encierro de Satoru Gojo. Lo trágico de su fallecimiento reside en la propia ontología de la obra y no en su construcción de personaje, ya que Nanami era la única forma de potencia de posibilidad en el mundo de JuJuktsu Kaisen.

Él es un héroe no por su posición estructural en la trama sino por lo que es en ella. Su presencia escénica estabilizaba la narrativa, marcando un punto de equilibrio. Era la figura de contención del absurdo y no del avance del relato. Es decir, le define su locus y no su logos. Además, no llega a formar parte de un par narrativo tal como los personajes de Geto y Gojo ya que él encarna en sí mismo una dualidad integra, un estado completitud.

De ahí que Nanami represente la cumbre del paradigma ético en el universo de JJK. Lo suyo no es una cuestión de moral y sí de coherencia métrica. Él encarna la lucidez justa ya que sabe que su tarea ha terminado y que seguir seria repetirse. Desde este lugar, acepta su muerte como consecuencia exacta de su existencia y, en este gesto, hace con que la justicia sea posible, aunque finita.

Suguru Getō como la figura del logos idealista

Suguru Getō es el único personaje de Jujutsu Kaisen que después de compreender su realidad intenta interferir activamente en la forma simbólica de poder operativo. No es un villano sádico sino un pensador coherente en un mundo sin moral posible. Ha entendido y ve nítidamente el sistema, pero ha sido sobrepasado por este al actuar sobre su engranaje. En términos triviales, se le ha ido de las manos una situación que, de entrada, no había mano posible que la sostuviera.

En términos filosóficos, es un intelectual ético. Aquel que aun siendo consciente de que el mal no puede eliminarse, solo administrarse, se moviliza. Entiende que la estructura genera maldiciones por naturaleza ontológica y comprende que los “no hechiceros” son la fuente inconsciente del sufrimiento colectivo general. Siendo así, no busca una reestructuración del sistema porque eso significaría hacer parte él. Geto es, entonces, quién se enfrenta frontalmente al dilema de lo imposible.

En su arco dramático, es un personaje que sufre un colapso empático. En el ápice de su lucidez y desde su idealismo desbordado su única salida es la racionalización del exterminio como purificación sistémica. Su acción, reprochable desde el punto de vista moral, éticamente no nace del mal, sino del límite. No es capaz de soportar más el dolor estructural que percibe y experimenta constantemente. Su entendimiento y claridad están representados narrativamente bajo la idea del consumo literal de las maldiciones. Se las trasga, una tras otra, siendo el único testigo físico “de la mezquindad humana”.

Suguru absorbe más maldiciones de las que podría sostener un cuerpo humano o metabolizar la propia razón. Por eso, su figura se convierte en campo de batalla, incluso después de su propia muerte. Él no actúa por hybris o por odio hacia a la humanidad, sino que es el único que mira sus entrañas y la vive en sus propias carnes. Su personaje experimenta un punto de quiebre y representa al individuo hiperconsciente y emocionalmente abandonado por el mismo sistema que lo ve nacer. Está condenado a una soledad estructural, acompañado únicamente de su propia lucidez. Un lugar muy humano, demasiadamente humano, en la trama.

Geto es quien que ha comprendido perfectamente el sistema, pero aún sigue siendo su víctima. Aquel que ve el abismo, lo entiende, pero no puede vivir en él. Por esta razón, cuando su gesto alcanza la violencia este no configura un acto egoico ya que su acción no es fruto de la locura ni la maldad y aun menos del placer, sino que se da por principio de coherencia e inercia estructural.

Su naturaleza ontológica le impide de asumir el absurdo de la incongruencia entre la teoría y la práctica; entre el bien como ideal y el mal como estructura. Tal incapacidad es su gran virtud y a su vez su condena puesto que, a final, él no deja de ser un hombre de fe que no traiciona su ética, sino que la lleva a su punto máximo de saturación. No es la representación del mal, sino de la plenitud del bien.

Él es una especie de una Antígona contemporánea cuya coherencia es llevada hasta su extremo lógico y, por esta razón, su fin no puede ser otro que sino trágico. Su muerte no es una corrección moral sino un destino ontológico y condición de posibilidad del propio universo de Jujutsu Kaisen. Suguru Getō no se muere como villano sino como el antiguo héroe de la tragedia clásica: aquel que encarna una verdad tan absoluta que, por tal razón, debe ser eliminado para que el mundo continúe.

Kenjaku como la figura del pensador progresista

Kenjaku es un personaje que a nivel narrativo es presentado como un hechicero cuya existencia en el universo de JJK perdura por más de mil años. No conocemos su apariencia original ya que ha sobrevivido por trasplantar su cerebro de cuerpo en cuerpo. Además, su técnica le permite no solo habitar un hospedero sino también utilizar las habilidades de este, usurpando su identidad y sus técnicas.

Su forma de hablar y moverse es racional y calculada. Presenta una calma casi cortés, sin levantar la voz ni perder el control. Su existencia es cerebral y está presenta un marco de lógica impecable. Él es el pensador puro que fue convertido en máquina de discurso.

En la trama Kenjaku encarna una figura que suele acompañar la humanidad desde los inicios del pensamiento racional y aquí he denominado el pensador progresista: aquel que hace un uso puro del lenguaje como código y que busca en la liberación total de su uso la aparición del caos como forma de autorregulación y una subsecuente producción de progreso.

Es un personaje que tampoco se enfrenta al dilema de lo imposible porque ve ahí razón de posibilidad. Él representa la fe de que la razón produce liberación del miedo y de la ignorancia pero que, en realidad, con su gesto lo único que hace es terminar de establecer una maquinaria que administra el daño con eficiencia. Esa idea puede apreciarse claramente a nivel de relato en el arco de los Culling Games.

Su persona es la materialización de la idea progresista, presente en todas las eras, cuya promesa de ascenso heredada históricamente se usa para justificar algo que termina por revelarse como una degradación oculta bajo un manto discursivo refinado, como ocurre en los procesos de colonización, explotación, control de cuerpos, manipulación de conciencia entre otros. Por eso, él es el instrumento del declive en la trama de JJK y su acción se da por inercia lógica. No mata por maldad o beneficio propio sino por optimización.

Kenjaku es entonces la representación metafórica de una idea que sigue viva mutándose de discurso en discurso, desde la Ilustración hasta el positivismo, del estructuralismo al posestructuralismo, del transhumanismo al algoritmo, pero siempre con la misma fe ciega en que el conocimiento y la información nos hará mejores, cuando en realidad, termínanos por racionalizar más rápido nuestro descenso al abismo, pero nunca moderarlo o impedirlo.

La estructura del equilibrio en Jujutsu Kaisen

Jujutsu Kaisen es estructuralmente un mundo sin metafísica donde su naturaleza ontológica se tensiona bajo el dilema de lo imposible ya que las maldiciones son el principio del desequilibrio y, a su vez, la condición de posibilidad de existencia misma de este universo.

Inicialmente, el aparente equilibrio narrativo está generado por la tensión del par dialectico conceptual formado por los personajes Gojo/Geto y que luego será sostenido por la presencia sintáctica de la figura de Nanami hasta su muerte en el arco de Shibuya.

Satoru Gojo sabe y entiende mientras que Suguru Geto vivencia y experimenta. Este es exceso de empatía y aquel es ausencia de empatía. Gojo es mente y Geto es cuerpo. Uno es significado y el otro es significante, dos partes del mismo signo; dos extremos de la misma línea. Juntos el equilibrio del universo JJK se sostiene bajo la coexistencia de esos dos modos de conocer. Tal distinción y construcción están presentes formal y discursivamente en la trama.

A nivel metalingüístico se puede decir que Geto representada el pensamiento moderno de la ética basada en la razón y que Gojo representa el pensamiento posmoderno basado en la creencia de que todo existe dentro del universo del lenguaje.

Igualmente, a nivel estructural, en el relato vemos que el primer gran punto de giro narrativo ocurre con la muerte de Riko Amanai. Este momento no les afecta igualmente a ambos personajes. Visualmente la narrativa utiliza procedimientos formales casi diametralmente opuestos en la manera con que cada uno se encuentra con este hecho, lo que termina por impactarles de manera dicotómica e irreversible.

Uno se entera lingüísticamente mientras que el otro lo conoce por la experiencia. Gojo sabe de la muerte de Riko, pero es Geto quien la vive: la chica recibe un tiro en la sien y cae a sus pies. Él la ve morir delante de sus ojos justo después de extenderle la mano al expresarle su deseo de vivir. Siendo así, Gojo conoce el hecho de manera discursiva mientras que Geto lo experimenta fenomenológicamente.

Cuando se pierde la unidad de un signo en su totalidad, este queda sin un medio para ser percibido o comprendido. La ruptura entre significado y significante genera una distancia epistémica irresoluble. En consecuencia, uno se vuelve incompresible mientras que el otro se vuelve invisible.

Geto no entiende a Gojo y Gojo, aquel que tiene la habilidad de los Seis Ojos, no es capaz de ver el camino que trilla Geto. Desde entonces se pierde la tensión entre esos puntos ya que el movimiento se espiraliza: el de Gojo ascendentemente y el de Geto es descendentemente.

Condenados a su propio aislamiento, la inercia de sus movimientos obedece a la lógica misma y, por esa razón, cuando Geto muere, el destino de Gojo está también sellado. Ambos, por coherencia estructural de la obra, no pueden tener finales distintos puesto que hacen parte del mismo signo.

La obra en su conjunto no propone una reestructuración del equilibrio inicial, sino que revela que lo que se presentaba como estructura era, en realidad, una forma y no una arquitectura. En definitiva, Jujustu Kaisen no es una épica de la victoria, sino la de la búsqueda de coherencia dentro del “caos”.

El final de la obra expone literalmente a nivel narrativo y del relato esta lectura estructural y metalingüística. Sin embargo, estos momentos no serán descritos detalladamente en este texto ya que aún se ha adaptado los volúmenes finales al anime. Cabe resaltar que aquí se ha realizado una lectura estructural de la serie y, por eso, el análisis presentado no necesita exponer tales momentos para sostenerse. Esos serian detalles que, por gusto personal, sí serán añadidos a este texto, sobre todo desde los personajes de Sukuna, Itadori e Yuta, una vez la obra esté integralmente adaptada

En resumidas cuentas, Jujutsu Kaisen es un relato trágico sobre la ética de la responsabilidad ya que todos los conflictos centrales giran en torno a la actitud consciente en un mundo sin garantía trascendente donde las acciones estructurales de los personajes responden a la pregunta ¿cómo posicionarse en un mundo donde ya no hay certeza ni redención?

La respuesta de JJK a este cuestionamiento es desde la responsabilidad y la coherencia. Además, tal coherencia no es solo discursiva o teórica, sino que formal y estructural. No es una obra que habla de “valores” ni de moralidad, sino que encarna la responsabilidad como forma de existencia en todos los aspectos - sea de su arco dramático narrativo, a nivel de relato, artístico, lingüístico y filosófico.

Incluso lo hace no solo como obra sino también como producto. JJK respeta su propia estructura siendo coherente a lo largo de todos los arcos y se no traiciona en ningún momento. Lleva a cabo a nivel formal la muerte que ya estaba anunciada a nivel estructural del personaje más querido del fandom a pesar de todos los reproches y no se ve influenciada en ningún momento por elementos externos y de mercado cambien o influencien su desarrollo.

Es una obra completa que permite al espectador una entrada desde la arquitectura del pensamiento y no solo desde el contenido emocional o cultural. Jujutsu Kaisen no solo “narra” la responsabilidad, sino que es responsabilidad narrada. Y es, por esa razón, desde mi posición teórica, una de las obras actuales que mejor reflejan el lugar del sujeto contemporáneo y su relación ética con la responsabilidad.

Nos vemos en los próximos capítulos de la serie Animando el Pensamiento

#4 Chainsawman el cuerpo como unidad mínima del sujeto

#5 SonnyBoy y los limites del mundo como lugar compartido